Desmontando el laberinto

Es difícil tratar de no verse afectados por los problemas, de alguna manera siempre nos tocan la cara, y ante todo estimulo el cuerpo debe reaccionar, de otro modo seriamos muertos vivos o algo así. Si bien muchas personas son duras y no todas las cosas por difíciles que parezcan las mueven, hay otro grupo que siente más a fondo los problemas, los vive de una manera más emocional, mas a flor de piel.

No está mal que las personas tengan emociones marcadas, todos las tenemos, solo que muchas veces, esas personas se dejan llevar y no ven el camino con claridad. Y es a lo que voy.

Cuando las cosas se ponen difíciles, sea la situación que sea, lo ideal es nunca perder la calma, nunca perderse uno mismo, tratar de establecerse en el espacio y a partir de allí trazar un plan de acción para poder solucionar las cosas. Ciertamente uno puede decir esto con tranquilidad detrás de un teclado y una pantalla, es en situaciones extremas es donde se demuestra el verdadero “yo”, donde vemos de que estamos hechos, sin embargo, mentalizar y repasar un plan una y otra vez en infinidad de simulaciones mentales, sin duda alguna nos prepara para afrontar las cosas sin estar tan desprevenidos. Puedo decir que a mí eso me ayuda mucho, quizás no al resto, pero creo que es algo de lo que se puede comenzar.

Cuando digo que hay que establecer tu posición en el espacio me refiero a ubicar en donde estás tú en torno a una situación o un problema, ver de qué forma te afecta, de qué forma no te afecta y así visualizar una ruta de escape, si se quiere, para librarte de él. Esto todo lo digo en un gran plano general.

La cuestión más importante es nunca dejar de aplicar la razón y la lógica a las cosas, si actuamos más razonablemente y comprometiendo lógicamente los elementos que nos rodean podemos hacer cualquier cosa con mínimas probabilidades de fallo.

La gran ventaja que tenemos en el mundo es que podemos prever cosas evaluando las condiciones existentes ya que tenemos un gran cerebro para ello, otros no pueden y por eso las especies sucumben de formas insólitas. Si nos olvidamos de esto y actuamos por instinto como el resto de las especies, ¿cuál será la diferencia entre los animales y nosotros? Ciertamente las emociones no se irán de donde están, pero si dejamos que nos dominen por completo no daremos lo que tenemos al 100%, por lo que hay que educarlas para que no comprometan a la razón en momentos cruciales en nuestras vidas.

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Obsesión (cuento)

Era el cuarto día de trayecto y parecía que la cima se hacía cada vez más lejos. Según los habitantes del lugar, tomaría como máximo dos semanas para poder llegar, claro, según los cálculos. Sin embargo a cada paso las cosas se hacían más duras, el camino más difícil, con más obstáculos y oscuridad. Trechos de arboles inmensos que podría decirse que tapaban la cara al sol directamente, una tensa neblina que hacia las cosas más inciertas a los pocos metros del campo visual, no era definitivamente un camino para hombres.

Con el rumor de las bestias alrededor, él iba con el afán de conquistar lo que pocos, quería ser leyenda, que su nombre no fuese olvidado por las generaciones que sin duda alguna lo precederán. Le aconsejaron que no lo hiciera, hay formas más fáciles de alcanzar la fama, sin embargo, a su personalidad siempre le fue intrínseca una gran testarudez, que el mismo reconocía y a la que según él era la base de su éxito.

Pero el zigzag de la luz solar entre los ramajes y el frío de la superficie hacía que los pensamientos, la historia detrás de cada uno de los pasos, de las acciones ya realizadas, quedaran sedadas, adormecidas, anestesiadas.

Solo había un objetivo, llegar a la cima. No importa cómo, solo había que colocar una bandera que representara a la nación la cual lo vio crecer y que se siente orgullosa de él, y por otro lado su emblema, su nombre, su único afán. Todo en su mente estaba dispuesto para esa empresa; no cabía el mínimo pensamiento o la mínima idea de dar marcha atrás.

Día tras día, a cada paso conquistado, más cansancio, más fatiga, más hambre, las  provisiones están calculadas con recelo y no está previsto romper el esquema para que no falte nada hasta el día final; los ayudantes que lo acompañan, contagiados en un principio por un  heroico discurso que les recordaba que los obstáculos de la vida estaban allí para impedir la grandeza, y que al superarlos no quedaría más que la gloria y la eternidad; comenzaban a sentir como flaqueaban sus espíritus, y mirando hacia atrás veían que el camino de regreso se haría más corto si dejaban de avanzar; el aire puro aclara el juicio acerca de causas perdidas.

Transcurridas un sin par de horas y la presión, las miradas de desprecio y desconfianza aumentaban, pero él, sumido en su idea, su delirio, ignoraba todo aquello, porque no había nada mas importante en ese momento, y quizás en lo que quedara de vida.

Ya al caer la noche, el calor de una pequeña fogata iluminaba los rostros que poco a poco se sentían secuestrados por algo mayor que sus propias voluntades, cuando la lucha se vuelve de uno solo no tiene sentido recibir metralla para que el líder avance. Al caer dormido, víctima del cansancio, la decisión estaría tomada. Sus tres ayudantes abandonarían el camino.

Una nota en una pieza de papel húmedo de rocío de la mañana: “No podemos seguir manteniendo esto, abandonamos. Lo sentimos.” Ira y frustración.

Un pequeño trecho, un claro en el verdor asomaba la ansiada cima, aquella mitológica cima en que los dioses vigilaban sentados el reino recién creado, las criaturas que lo habitaban por toda la eternidad. Mirar hacia arriba, estirar las manos y sentir que podía acariciarla, sentir el calor emanado de su grandeza, alcanzar lo imposible. Sus ojos se hacían claros conforme se extasiaban al mirar el objeto anhelado. Pero al descender la mirada, seguía allí; el tortuoso camino que separaba una simple existencia de la grandeza, de la gloria eterna.

En compañía de su sombra, quien lo miraba fijamente mientras este avanzaba, los minutos se escapaban hacia donde sus huellas recién se secaban, pero por más que avanzara, el panorama no cambiaba en absoluto, la cima seguía inalcanzable.

La ambición, era lo único que lo mantenía en pie, pero el juicio también lo abandonaría, ya que la cordura como tal tiene sus reglas y limites, y la fe ciega hacia lo inalcanzable la vulnera tremendamente.

A cada tramo recorrido, un pedazo de él se iba quedando atrás, haciéndolo irreconocible, no habían palabras en su mente, no había tiempo, las cosas habían perdido su nombre, el había perdido el norte, solo se hallaba desnudo ante la grandeza, y esta lo miraba con desprecio haciéndolo sentir más insignificante. El terror se iba apoderando de él.

Un último destello de lo que alguna vez fue, una mirada al espejo de su interior, una rápida pregunta hacia la nada: ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué sigo aquí? ¿Qué es lo que queda de mí? Solo el silencio de la naturaleza escuchaba sus inquietudes.

Ante la gran majestuosidad, ya no quedaba nada por hacer, alguna vez quien quiso llegar a donde nadie ha podido, solo consiguió fundirse con el mito, su existencia dejo de pertenecerle, el sol se oculta tras la montaña y no habrá un nuevo mañana.

Las razones con el tiempo desaparecen, los vínculos día a día se debilitan más y eventualmente se desvanecen, hasta el punto de no recordar el cómo lucía alguien; solo encontrar una figura, una forma vacía que enfría el suelo y que la lluvia y las lágrimas la van deshaciendo…

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Tiempo

Todos tenemos en común que estamos bajo el dictamen del tiempo, sea para bien o sea para mal, todos necesitamos de este para ponernos en acción, o bien sea para descansar. Corto para algunos es, otros lo aprovechan con mayor plenitud, algunos ni lo notan, pero su influjo es crucial en todo lo que está vivo, sea o no consciente de ello.

Y nosotros metidos en nuestros asuntos, en nuestras vidas tratamos de aprovecharnos de él, exprimiéndolo lo más que podemos, y a veces, sin embargo, nos quedamos cortos. Porque nosotros no disponemos de é, él es quien pone las condiciones. Entenderlo no se puede, preverlo tampoco, aunque sabemos cómo avanza, no sabemos para donde nos manda, y todo es incertidumbre en torno a él, misterioso y oscuro, pero maravilloso.

En nuestra forma acelerada y egoísta (en el buen sentido, si se quiere) de vivir y apreciar las cosas siempre estamos en perpetua carrera contrarreloj contra el tiempo, tratando de hacer en el menor tiempo todo para tener tiempo para la siguiente batalla, pero no lo conseguimos, porque no jugamos de su lado, lo vemos como un contrincante al que debemos hacer caer siempre, y no debe ser así, es un aliado más.

Siempre estamos corriendo, tratando de hacer mil cosas a la vez, atender a alguien especial, descargando tu creatividad, escribir en un blog, ir a trabajar, tomar el transporte, dormir, mirar a todos lados buscando lo que no quieres ver, en fin, viviendo una vida donde tienes mil y un facetas distintas y todas deben actuar en armonía para evitar un colapso tuyo y de tu mundo, el que te has currado y en el que te desenvuelves, el que está de tus sentidos para afuera, y al final del día, ¿qué queda? Una copia, una réplica, una mala réplica del día anterior, y el tiempo entonces comienza a irse más rápido de entre tus dedos porque sencillamente no le das la atención que merece y hace que repares en el recordándote como lo has malgastado.

Que rudas son las cosas, pero son así y no podemos negarlas. Y lo que podemos hacer es obrar en función de que nosotros tenemos un límite, el tiempo que se nos concede es limitado aquí en esta realidad y usarlo sabiamente es la mejor decisión, nunca dejar de aprender es vital, desde una pequeña cosa diaria hasta oficios que cambiarán tu vida, pero ojo, no hay que dormirse con los libros arriba, se nos pasa el tiempo contemplando como abordarlo y ahí se va…

Usar el cerebro sobre todas las cosas siempre será la mejor elección a la hora de hacer cualquier cosa, desde planificar hasta vivir, porque por mas impulsivos que seamos, los impulsos salen de ahí.

Y si las cosas no salen como las tenias “cuadradas” no pierdas la cabeza, a fin de cuentas el tiempo es relativo, y no todas las personas nacemos a la misma hora… Ya habrá tiempo para compensar.

(Por cierto, por falta de tiempo me ausenté del blog, así que ¡hola de nuevo!)

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Hoy les debo el título

Hace tiempo que no me sentaba a escribir, han pasado tantas cosas últimamente que es difícil enfocar la concentración hacia una cosa en específico.

Y es que ha pasado de todo, desde conflictos que afectan desde el punto de vista social hasta cosas que tocan lo más personal posible, todo tiene repercusiones en mí, es inevitable.

Y la verdad es que no se por donde comenzar a desenredar todas las cosas que llevo adentro, ni sé como titular este post, pero tratare de que mis manos se hagan cargo y no me meteré mucho de forma consciente en lo que mi pulso decida escribir, o tipear en este caso…

El calor de las cosas a nuestro alrededor suele afectarnos de forma directa o indirecta, pero siempre nos afecta de algún modo y esto se traduce en la actitud a otras personas, el cómo reaccionan frente a distintas situaciones, como las sobrellevan a futuro, etc.

Tantos pensamientos acerca de cómo seguir llevando el curso de las cosas sin que se salgan de los rieles nos ocupa gran parte del día, y cuando se acumula el estrés de tantas cosas que ocurren es difícil ocultar el malestar y lo direccionamos en donde no es, dañando a terceros que no tienen nada que ver por el simple hecho de la frustración. Es difícil mantener una sonrisa cuando hay tanto peso en la cabeza.

El aguantar las cosas tanto tiempo hace que sintamos resentimientos hacia otros porque no tenemos el atrevimiento de decir las cosas por miedo a herir, y muchas veces  tocamos fondo cuando no  podemos más y acabamos explotando y dañando con las esquirlas a quien tenemos cerca. Nunca es la intención pero siempre quedan residuos del malestar del otro en el cuerpo.

Nos cargamos tantas veces de cosas que no podemos aguantar con el fin de tratar de conseguir algo mayor, pero cuando algo es muy pesado, la carga se va de lado. Caminar a la deriva sin noción de que tenemos adelante es algo riesgoso, ya que podemos perder las cosas que estamos cargando, quedándonos solos.

Pasa que la sensación de frustración es mayor que nuestra capacidad de pensamiento y omitimos el ordenar lógicamente los  eventos ocurridos en el pasado para poder idear estrategias  y dar frente al futuro, terminando abatidos y sin ganas de continuar porque nos dejamos llevar por la desesperanza. Nos olvidamos de que las cosas nunca salen de buenas a primeras bien y que muchas veces el tiempo hace que las cosas tomen un mejor curso. Obviamente para que un árbol nazca frondoso debemos plantar una semilla, pero si ya la tenemos sembrada solo debemos cuidar de que no se nos muera en el curso del tiempo.

La impaciencia es inevitable pero tenemos que ser resistentes y pensar en que todo se puede encaminar si se toman las decisiones más acertadas, no dejar que los tropiezos que obviamente tendremos nos dañen más de lo que son, simples tropiezos, y perdamos la fuerza para pensar y seguir luchando.

No quiero sonar como que sé todas las respuestas o todas las acciones a seguir, pero trato de esbozar mi forma de actuar frente a las dificultades  para recordarme a mí mismo que nunca debo perderme, que mantener la serenidad te hace ver mejor a través de los problemas y hallar su punto débil, para derribar y seguir avanzando.

Muchas veces las cosas nos tocaran mas en el fondo emocionalmente, y podremos sentir que la lucha no vale la pena o que nunca podremos salir de donde nos encontramos, pero estoy seguro que son solo nubes que se atraviesan entre la visión y la parte dentro de nosotros que nos hace movernos, que nos hace tomar con positividad los golpes. Con el tiempo aprendí a ser paciente, antes me desesperaba por todo, quería que todo saliera rápido pero en el fondo no sabía para que quería que las cosas ocurrieran rápido, y eso a mi forma de ver es un error, desear cosas sin saber para que nos sirven.

Así que para mí lo mejor es lo que se toma su tiempo, no quiero decir que hay que sentarse en el sofá a esperar tranquilamente, hay que ir preparando el lugar para que cuando lo que esperamos llegue tengamos donde ponerlo y no nos bloquee el camino.

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La predisposición al mal.

Me ocurre mucho que cuando trato de pensar en algo que quiero o cuando estoy a la espera de algo, mi cerebro siempre me conduce automáticamente al peor de los escenarios siempre. No sé si será igual con el resto de las personas, pero muchos conocidos también me dicen lo mismo, siempre pensamos en lo mal que podrían terminar las cosas a cada instante.

Cada vez que esperamos a algún conocido y se retrasa, automáticamente pensamos en que le ocurrió algo malo y que las cosas no van a terminar bien; es un poco chistoso, pero creo que hay que ponerle algo de atención a esa predisposición a pensar en negativo.

Ciertamente no podemos predecir las cosas, y claramente no tenemos la energía suficiente como para mantenernos optimistas el cien por ciento del día; pero tampoco tenemos que decaernos por lo que no sabemos qué ocurrirá.

Todas las personas sienten miedos y poco a poco estos temores van tomando forma de angustias y ansiedades y se van colando en nuestros deseos inmediatos y metas a largo plazo, tergiversando nuestras ideas y afectando nuestro estado de ánimo.

A veces esos temores nos crean películas en nuestras mentes, una tras otra, en las que las cosas toman giros inesperados y terminamos mal, y eso nos absorbe las ganas de hacer las cosas, desde entrevistas laborales a relaciones personales, haciendo que nos sintamos inseguros y temerosos.

Todos estos ejemplos puedo etiquetarlos como personales, ya que no puedo decir que soy la persona más confiada de todas, sin embargo he mejorado este detalle en mi actitud, ya que con el pasar del tiempo he aprendido que no todas las veces las nubes grises  terminan convirtiéndose en tempestades.

Cuando nos proponemos algo, queremos con todo lo que tenemos por dentro que se dé de buenas formas, sin embargo, muchas veces de nosotros no depende el curso de las cosas. Digo muchas veces porque en ocasiones nuestro empuje hace que haya cambios visibles.

Pero no siempre será así y no tenemos que temer por que las cosas acaben mal, solo hay que ser muy pacientes y saber esperar el desenlace, no perder la concentración y actuar con mucha inteligencia si los cambios no son favorables. El punto de manejar situaciones desfavorables es precisamente no perder la calma, no actuar por puro impulso.

El impacientarse también acelera el flujo de pensamientos y es casi imposible no pensar en tristes y oscuros desenlaces, son un reflejo de nuestras inseguridades.

Por eso para contrarrestar esto comencé a despreocuparme un poquito por el porvenir, ya que no hay manera de que se pueda ver con exactitud lo que viene del futuro hacia acá; no sin dejar de chequear por donde piso para no cometer fallos innecesarios, obviamente las cosas no siempre saldrán como queremos pero podemos idear varias opciones para no quedarnos varados en el medio del camino; hay que calmar los pensamientos y pensar en lo que verdaderamente tiene importancia, el resto caerá por su propio peso.

Quizás no podemos escapar de las sombras, pero podemos quedarnos en un rincón iluminado para ver las cosas pasar y tomar las decisiones más acertadas, además, las malas noticias viajan rápido así que si lo que te preocupa es la espera, aprende mejor a disfrutarla, las cosas buenas siempre tardan.

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Dejar pasar

Es una norma humana el sentir apego a las cosas. No podemos escapar de ello ya que necesitamos de que aferrarnos para impulsarnos y avanzar. Sin embargo no siempre tenemos una base solida a la cual agarrarnos y podemos caernos, retroceder, etc.

Las caídas duelen sin duda y muchas veces cuando no ponemos atención en el camino en el que andamos, una vez en el suelo estamos desatendidos y en shock tratando de comprender que paso, y por que duele tanto.

No podemos evitar esto, no creo que haya alguien en el mundo que haya tenido siempre en su vida el viento a favor. Todas las experiencias vienen disfrazadas de azar y cuando de lejos vemos como algo bueno, bien de cerca no es así. Siempre habrá momentos de dificultad en los que nos veremos entre la espada y la pared, sin saber qué hacer y cómo salir de ese callejón.

No podemos culparnos por el no saber qué hacer, nadie nace aprendido, y por más consejos que escuchemos, nunca aplicaran directamente a lo que vivimos.

La confianza es importante; al contar con algo o alguien que estará allí para apoyarnos y ayudarnos podemos avanzar un poco más sin riesgo de mirar hacia atrás. Pero más importante aún es la confianza en uno mismo, puesto que si las cosas llegan a fallar y nos dejan colgados en algún lugar podemos reorganizarnos y comenzar a movernos.

El apego lo sentimos gracias a la sensación de bienestar y comodidad que nos brinda algo o alguien, y nos quedamos allí estacionados porque estamos satisfechos, no necesitamos de más nada, y cuando por equis razón nos remueven el piso, quedamos mirando hacia los lados pensando en lo que salió mal, en que falló.

Si bien es cierto que en las relaciones humanas siempre hay deslices que pueden solucionarse limando asperezas y llegando a nuevos acuerdos, muchas veces es mejor emprender vuelo y marcharse lejos para comenzar de nuevo. El punto está en que la gran mayoría de las veces le tenemos miedo a las nuevas cosas y nos quedamos a disminuir nuestras virtudes a favor de reconstruir el pasado, para que todo sea como fue alguna vez.

Es muy difícil borrar las marcas que deja el tiempo, pero, con el tiempo, todo se va haciendo más fácil de remover; el pánico que nos ocasionan las perdidas nublan mucho la visión y el juicio, por lo que lo mejor es sentarse a organizar las piezas y rearmarlas de forma que podamos reconstruir nuevas bases para comenzar otra vez.

Aunque podamos rehacer nuestro camino no se quita de la memoria el sabor amargo de las caídas y las derrotas, pero a partir de estas es que tenemos que armarnos otra vez para empezar a escalar a la cima otra vez. Las marcas que nos quedan solo reflejan la experiencia que tenemos y cada segundo que pase nos hacemos más sabios, y estamos más preparados para los desastres.

Hay que saber dejar en la vía lo que nos pesa en los hombros para poder mantenernos en pie, mirar al frente y caminar.

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Hasta donde puedo saltar…

Todas las personas, a lo largo de su crecimiento personal, desarrollan aptitudes y habilidades que los diferenciaran del resto; podrán haber personas con nuestras mismas fortalezas y destrezas pero muy repartidas en el globo. Y al pensarlo, me gusta creer que las circunstancias que rodean al individuo hacen que la decisión sea tomada. Las épocas hacen que las decisiones que se tomen sean las adecuadas, siempre y cuando sean de corazón.

Y todo esto lo menciono porque muchas veces las personas se ahondan en la incertidumbre, en la eterna cuestión de ¿qué hare con mi vida?

Muchas veces la presión que nos ejercen hace que tomemos decisiones precipitadas y perdamos el tiempo haciendo cosas que de verdad no queremos hacer. La antipatía y el hastío de hoy día se debe a esto.

Nos enfocamos en cosas directas sin considerar la insatisfacción que nos produce el obtenerlas, porque siempre se piensa en la recompensa final y no en el camino que nos lleva a esta.

El vernos metidos en estas situaciones hace que poco a poco vayamos perdiendo el valor y nos empiece el miedo a hacer cosas nuevas que nos dejen satisfechos, por el temor a perder lo poco que hemos conseguido invirtiendo tanto tiempo. Nunca es malo intentar, lo que es malo es sentir miedo a lo que los otros puedan decir. No hay que temer al fracaso, siempre hay que lidiar con él ya que al final el aprendizaje nos viene de ahí.

Si logramos proyectar las cosas que tenemos dentro y estas a la larga nos funcionan, no queda de otra que disfrutar a plenitud el no verse atado a nada, ya que no sentimos presión ni malestar, ni la sensación de verse encadenado.

Al conocer nuestras habilidades sabremos hasta donde podemos llegar y a partir de allí hacer más solidas las bases que nos constituyen y de ahí proyectar hacia afuera las cosas que realmente queremos para nosotros mismos y para nuestro entorno, para evitar que se vuelva toxico, inestable.

Muchas veces la frustración llega porque no sabemos cómo resolver situaciones en las que nos vemos envueltos, porque nos metemos de lleno en el lugar equivocado. El sentimiento de culpa que podamos comenzar a sentir nos invadirá poco a poco hasta nuestras principales bases y desestabilizarnos, asumiendo actitudes negativas y atacando a quienes no tienen la culpa de lo que hacemos.

Conocernos más es fundamental, creo que ya lo he dicho antes; al saber que somos y que queremos nos facilita el buscar el apoyo correcto, las fuentes correctas y las decisiones más acertadas para no quedarnos varados en medio del camino. Siempre da un poco de miedo mirar y ordenar el interior, pero vale la intentarlo.

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Mirando el plato ajeno.

Todos los días ocurren cosas que hacen que nos tropecemos, es imposible conseguir el camino despejado de obstáculos. Y muchas veces esos obstáculos tienen forma humana. Las personas se enfocan en las demás para limitar el ascenso, el avance, porque se sienten incapaces de subir por sí mismas. Es muy común ver que desde pequeños algunos padres eduquen dando ejemplos de cómo fulanito tiene mejor nota porque estudio más, o zutanito quedo campeón de algún deporte X porque se dedicaba más, etc., y a la larga se crea la necesidad de ver que hacen los demás para después mejorarlo y tratar de superarlo. Allí es donde empieza a gestarse el embrión de la envidia y la competividad extrema.

Muchos ven como una virtud el ser competitivo, no sé en qué se basan, las personas no entienden que no todos podemos tener los mismos limites para tareas y actividades diversas, por ejemplo yo puedo jugar al futbol y puedo ser bueno, pero siempre habrá alguien más rápido y con mas reflejos; no es mi culpa tener sus niveles, tampoco es su culpa tener más habilidad. Es algo con lo que se nace y ya.

También me ha tocado escuchar que la envidia sana no es mala, la envidia es envidia y punto. El hacer de estos estados emocionales algo cotidiano fomenta a que haya rivalidades sin sentido, peleas absurdas y amarguras innecesarias.

Muchas veces nos sentimos inferiores al resto porque nos empeñamos en abrazar los defectos que tenemos y apegarnos a ellos de tal manera, que a simple vista un extraño puede leerlos en tu cara. Arraigarnos a estos para dar lastima también es un error, es abrazar a la piedra que nos hunde y que nos impide salir a la superficie.

Las personas necesitan aprender a dejar pasar las cosas y a encontrarse a sí mismas, encontrar las virtudes que las definen y armarse con ellas para combatir los defectos que pueden perjudicar su bienestar interno.

Cuando las personas se aferran a una idea que causa dolor o irritación, suelen decir cosas sin fundamento solo para acentuar su posición y hundirse más en sus problemas. Aunque sea difícil lidiar con este tipo de situaciones lo mejor que podemos hacer es dejar pasar, ya que es demasiado común que las personas proyecten sus penas y sus defectos en los otros para así librarse un poco de la culpa que es tener que cargar con esas pesadas  piedras y no esforzarse por la manera de hacer algo por corregir las cosas.

Nadie nace con la autoestima elevada, es algo que nos venden para que siempre estemos conformes, a pesar de que debemos estar en paz y agradecidos con las cosas que se tienen nunca está de más el querer elevar y proyectar mucho más las cosas buenas que tenemos y que podemos dar, para tratar de brindar a nuestro entorno esa paz que tenemos dentro y que de seguro puede transformar las cosas afuera. Si tenemos paz interna, las cosas a nuestro alrededor florecen para adornarnos el camino y no decaer jamás.

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Nubes de plomo.

¿En que se basa la esperanza? Esperamos fielmente en nuestras casas, viendo el noticiero de las 10:00 pm que den alguna buena noticia, y nada. Solo vemos como le ponen tremendos acentos a las cosas que ya tenemos montadas en la cabeza, y que nos nublan la visión, nos impiden ver las piedras que tenemos que saltar para cruzar el camino.

Todas las noches, miramos hacia el cielo, buscando algo de claridad, pero el cielo está nublado, un gris plomo que no termina de caer y limpiar el sucio que nos mancha los pantalones y los sueños.

Algunos se van por el camino fácil y huyen de la realidad, cosa que a la larga te deja respirar un par de minutos pero luego te alcanza y te pega más fuerte, a pesar de que el sol siempre brilla las nubes no dejan sentir el calor.

Los que deciden pelear resisten, pero por cuánto tiempo. La cara de la incertidumbre se pinta de colores y nos menciona a cada instante, nos pega en las rodillas y nos hace caer, nos levantamos y vuelta a empezar.

Unos se quedan callados, porque el error les resuena en la cabeza a cada instante, y el orgullo les hace invertir las palabras para mantener el temple, aunque se sabe que nadie resiste por mucho tiempo. Y los que se van para siempre son bien recibidos en el paraíso, un lodazal de sueños rotos y horas de sueño a medias.

A las personas dejo de importarles lo que les pase a las personas, el espíritu de lucha de la gente se esfumo poco a poco y se convirtió en el vaho de la desesperanza, palabras efímeras que se van borrando conforme pasa el tiempo eliminando su rastro.

Ya no queda más que hacer que esperar que el agua se derrame y comience la inundación, que la tierra tome de nuevo todo lo que se le ha quitado a la fuerza y se lo lleve adentro, que renazca el verde otra vez.

Vivimos navegando en un mar de errores que nadie quiere aceptar, que nadie quiere enmendar y que nadie quiere acabar, el dolor en un cierto punto es aceptable para muchos y prefieren vivir las penurias porque creen que hay un dios que meterá las manos por ellos en el fuego. Los caminos se quedan cortos ante la oscuridad que hay en frente y nadie se atreve a iluminar por miedo a que hay más adelante. El temor es un escudo de aire que solo facilita el que te vean los depredadores.

Los héroes no nacen con marcas que los encaminan desde que llegan al mundo, ni las personas tienen quien les de una misión para salvar la humanidad del desastre; el poder para hacer frente a la adversidad viene desde el fondo del ser, y si se proyecta al exterior puede empezar a despertar en otros hasta convertirse en algo más fuerte, que haga temblar la tierra. Necesitamos un sacudón que nos saque del letargo, que nos devuelva la rabia y el deseo de acabar con quienes imponen su voluntad y amordazan la nuestra. No podemos olvidar que todos somos iguales y que todos tenemos las mismas fortalezas que otros. Nadie esta bendecido con ninguna cruz especial, nadie es invencible. El espíritu que desea la liberación solo tiene que liberarse a sí mismo. Nosotros mismos ponemos el límite.

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Cuando los hombros ya no pueden más.

En el mundo en el que estamos hoy en día, por la dinámica que este tiene actualmente, surge la necesidad en las personas de tener que dividirse y  estirar mas los brazos para tratar de abarcar todas las cosas que necesitan en el menor tiempo posible. Tenemos que estar pendiente de los pasos que damos todas las mañanas, así como mirar los que están a la par contigo, y los que caminan en contra también. Tener ojos en todas partes.

Y de ese gran menester de abarcar, aceptamos cargas que muchas veces no podemos soportar, pero que no las desdeñamos por la valiosa recompensa que esta nos puede otorgar.

Es muy cierto que para tener hay que sacrificar mucho, y hoy día mas, sin embargo hay cosas en las que nos enfrascamos por hacer bien y no nos dejan mucho, pudiendo ser mejores en algo más que pueda dejarnos más beneficios y satisfacciones.

Nos sumergimos de lleno en un mar de incompatibilidad y nos comprometemos con cosas que no nos hacen felices, no nos dejan aprendizaje, solo frustración y cansancio.

Es demasiado frecuento encontrar gente que no es feliz por el hecho de comprometerse cuando no quiere, no dicen lo que les molesta, no saben decir que no, o principalmente ponen el bienestar de otros por encima del de ellos mismos sin pensar en las consecuencias. También es frecuente ver que las personas no se deshacen de las cosas que los atan y los esclavizan, pierden el valor ante el temor de herir a otros y prefieren guardarse las cosas, soportando en silencio cruces muy pesadas.

De todo esto solo queda el espíritu roto y los hombros desechos, y al no comunicar las aflicciones que tenemos, nos vamos desmoralizando y perdiendo el ímpetu de salir airoso de las situaciones difíciles y aceptando con dolor los martillazos de la vida, sin hacer nada por revertir las cosas.

Debemos escucharnos más a nosotros mismos y hacer el sacrificio de sacar adelante nuestras aspiraciones, para dar lo mejor que tenemos  y aportar algo al bienestar de nosotros mismos y los que nos rodean. Si miramos las cosas desde una perspectiva neutra, podemos ver con claridad las cosas positivas y negativas de las cosas que tenemos  y cómo podemos cambiarlas; para darnos un respiro y continuar el avance.

Antes que nada, somos humanos que nacemos sin ataduras, y las cosas que escogemos debemos escogerlas de manera que nos permitan proyectar más nuestras esencias, no atarla y desmoronarla. El valor puede ganarse poco a poco, ganando pequeñas batallas que nos hagan ganar más terreno y poder enfrentarnos a las cosas sin titubear, con acción y determinación. Las cadenas que amarran a la esencia son las más fáciles de romper, solo hay que intentar forzarlas a quebrarse.

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